Dinamarca castiga al refugiado

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El Estado confiscará dinero y pertenencias por encima de los 1.340 euros

El Parlamento danés aprobó ayer una ley que endurece las condiciones para los demandantes de asilo y que ha situado al país escandinavo en el ojo del huracán durante las últimas semanas. La más controvertida de las reformas, que ha sido comparada con las prácticas de la Alemania nazi con los judíos, permitirá a la policía confiscar a cada refugiado bienes y dinero por un valor superior a los 1.340 euros.

El dinero confiscado se utilizará para pagar la manutención de los recién llegados. El Gobierno asegura que los daneses que solicitan ayudas públicas también deben vender antes sus pertenencias. Sin embargo, sólo en casos muy excepcionales, la policía puede confiscar sus ahorros –nunca sus objetos de valor– y siempre con una orden judicial, cuando haya la sospecha de fraude. Los refugiados no tendrán esta protección.

El Gobierno mantiene que no confiscará joyas y objetos con valor sentimental, como las alianzas, pero parece difícil que un refugiado acepte que una de sus joyas no tiene un valor sentimental. La discrecionalidad de la policía, en este caso, será determinante.

La ONU y Amnistía Internacional consideran que la ley es humillante y abusiva, y destacan que los refugiados con protección temporal sólo podrán residir en Dinamarca durante un año.

Sin embargo, el primer ministro, Lars Løkke Rasmussen, al frente de una coalición liberalconservadora, asegura que “es la peor interpretada de la historia de Dinamarca”. Rasmussen insiste en que los refugiados serán bien tratados, pero aún así no esconde el verdadero objetivo de la reforma: hacer de Dinamarca un país menos atractivo para los demandantes de asilo y frenar la llegada de más personas. El año pasado llegaron 15.000 y este año se esperan a 16.000.

Otras medidas en la misma dirección son la publicación en la prensa libanesa de anuncios oficiales daneses alertando del recorte de subsidios a los exiliados y la moción aprobada la semana pasada en una ciudad danesa pidiendo a los comedores de las guarderías que incluyan cerdo en el menú para preservar la identidad nacional.

Algunas acciones han ido más lejos y han hecho tambalear algunos de los principios del proyecto europeo, como la libre circulación de personas en el espacio Schengen. A principios de enero, el país impuso controles en la frontera con Alemania después de que Suecia hiciera lo propio en su frontera con Dinamarca.

La nueva ley fue aprobada por una amplia mayoría: 81 votos a favor y 27 en contra. A favor votó la principal fuerza de la oposición, el partido socialdemócrata, y su líder Dan Jørgensen se justificó diciendo que no hay alternativa. “La alternativa –precisó– es que sigamos siendo uno de los países más atractivos (para los refugiados) y acabemos como Suecia”.

El partido Enhedslisten, en la izquierda radical, ha llevado el peso de la oposición a la ley y, en declaraciones a La Vanguardia, Pernille Skipper, su portavoz parlamentario, dijo que “moralmente es una forma horrible de tratar a los refugiados. Huyen de la guerra y ¿cómo les tratamos? Nos quedamos con sus joyas”.

Skipper ve un gran problema en la reunificación familiar de los asilados. A partir de ahora deberán contar con un mínimo de tres años de residencia y no de uno, como era lo habitual, para poder traer a sus cónyuges e hijos. “¿Quién puede esforzarse para integrarse y formar parte de un nuevo país mientras sufre por la vida de la familia?”, se pregunta.

La sociedad danesa lleva semanas debatiendo la medida y las opiniones mayoritarias la respaldan. “¿Debo sentir vergüenza?” se pregunta Grethe Grundhal, vecina de Aalborg, en el norte del país. “Antes éramos blandos y todos venían a nuestro país –asegura–. Pero las cosas han cambiado. No podemos salvarlos a todos”. “¿Cómo lo solucionamos? No lo sé”, confiesa.

Louise y Casper Anderssen, tras discutir brevemente, sentencian: “Deberíamos cerrar las fronteras”. La pareja, que no tiene trabajo, vive de los subsidios públicos. Les preocupa la llegada de refugiados. Dicen que no se sienten seguros y que la situación es de descontrol. “Y luego está lo del Estado Islámico. No son todos ellos, sólo los más extremistas. Pero se habla mucho”, dice Louise, que en las pasadas elecciones votó al partido de extrema derecha Dansk Folkeparti, segunda fuerza en el Parlamento.

Para los refugiados ya afincados en el país, la vida sigue. Britt Rasmussen trabaja como voluntaria en una organización local que ayuda a los demandantes de asilo que llegan a Aalborg. Se reú- nen cada semana. Algunos practican danés con voluntarios nativos. Otros intentan aclararse con los trámites necesarios para pedir la reunificación familiar. Hay sonrisas, pero también caras largas. Rasmussen se lamenta: “Muchos se sorprenden cuando se dan cuenta de que no todo es tan bonito como habían esperado”. La llegada, según su experiencia, no es el final del viaje, sino sólo el principio.

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Publicado el 27-1-2016 en el periódico La Vanguardia

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