La hospitalidad sueca en la encrucijada

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La llegada masiva de refugiados inquieta incluso a personas de origen extranjero ya establecidas en el país

Suecia, que ha hecho bandera de la multiculturalidad, descubrió su cara más áspera tras el asesinato racista de dos personas de origen extranjero en una escuela el pasado día 22. Con este recuerdo aún fresco, el Gobierno ha dado un paso atrás en su política de acogida de refugiados, una de las más generosas de Europa, y ha empezado a preguntarse si tal vez no ha ido demasiado lejos.

Trollhättan, la ciudad del ataque, casi ha vuelto a la normalidad. “Todo avanza deprisa”, cuenta Nidah Nagi, que estudió en la escuela del crimen y conoció al asesino, Anton Lundin Petterson.

Nagi nació en Suecia, pero tiene raíces paquistaníes. “Estoy perdida entremedio”, bromea. Sus sentimientos, dice, son contradictorios. Le preocupa lo que percibe como un aumento del racismo en la sociedad sueca. Pero al mismo tiempo duda que el país pueda asumir la llegada de más personas.

Lo mismo le ocurre a Zine Abdulla, de familia iraquí. “Una amiga me dijo que tenía miedo de que Suecia no tenga los recursos necesarios para acoger toda la gente que viene de Siria. Y me lo contaba porque sabe que mis raíces están en otro país, pero que también he nacido y crecido aquí”, dice. Abdulla reconoce que también ella está asustada.

Suecia, con cerca de 10 millones de habitantes, es uno de los países de Europa que más refugiados acoge. En el 2014 aceptó en primera instancia 30.650 peticiones de asilo, según datos de Eurostat. Sólo le superó Alemania con 40.560, que tiene ocho veces la población del país escandinavo. Este año se esperan 190.000 personas, y Gobierno y oposición ya han acordado endurecer las condiciones para que los refugiados puedan quedarse. Para la ministra de asuntos exteriores Margot Walström la llegada de tantos refugiados es insostenible a largo plazo, y advierte que podría llevar el país al colapso.

Suecia está levantando campamentos con tiendas para que los refugiados pasen el invierno. El economista de la Universidad de Gotemburgo, Joakim Ruist, advierte del problema a largo plazo. “Por ahora puede parecer aceptable que un refugiado duerma ahí. Pero dentro de un año buena parte de esta gente tendrá el permiso de residencia, y entonces ya no estará bien visto. Harán falta casas. Y hace años que Suecia tiene un problema de escasez de viviendas”. Ruist cree que deberán subir los impuestos. “Habrá más gastos, porque llega mucha gente, pero no más ingresos, porque tardarán en encontrar un trabajo y empezar a pagar impuestos”, explica.

Suecia es uno de los países donde más difícil lo tienen los inmigrantes para conseguir un empleo en comparación con la población nativa. Según la OCDE, el paro es entre dos y tres veces mayor en extranjeros.

La socióloga de la Universidad de Lund Diana Mulinari señala dos motivos: la discriminación y el alto grado de formalización del mercado laboral sueco. Éste último, asegura, ha servido para proteger a los trabajadores, pero en cambio dificulta la integración laboral de los inmigrantes. “Es una paradoja. El modelo sueco funciona fantástico si estás dentro, pero si estás fuera es muy difícil entrar”.

Pero Mulinari cree que Suecia aún tiene margen. “Es uno de los países más ricos del mundo”. Y advierte de las “consecuencias racistas” de dejar de acoger refugiados. Es la idea, dice, de que los únicos que tienen derecho al Estado de bienestar son los nacidos en Suecia.

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Publicado el 1-11-2015 en el periódico La Vanguardia

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