El barrio del fracaso sueco

Swedish police officers give information to people as they secured the area outside a primary and middle school in Trollhattan, southwestern Sweden, on October 22, 2015, where a masked man armed with a sword injured an adult and four students before being arrested by police. AFP PHOTO / TT NEWS AGENCY / BJORN LARSSON ROSVALL +++ SWEDEN OUTBJORN LARSSON ROSVALL/AFP/Getty Images

El asesinato de dos personas de origen extranjero desenmascara el racismo en Suecia

Guillermo llegó el viernes a la escuela sin mochila, cabizbajo y sujetando una vela. Tiene 9 años y vive en el barrio de Kronogården, en la ciudad de Tröllhattan. Guillermo, de madre sueca y padre ecuatoriano, no fue a clase en todo el día. El jueves por la mañana, mientras veía una película junto a sus compañeros, un joven se paseaba por los pasillos del mismo edificio empuñando una espada, vestido de negro y con una mascara que recordaba a la Guerra de las Galaxias. Mató a un alumno de 15 años y a un profesor, hirió a dos más y fue abatido a tiros por la policía.

La primera reacción en el país escandinavo fue de incredulidad. Suecia es un país seguro, incluso para los estándares europeos. Pero la historia dio un giro a medida que la policía reveló los primeros detalles de la investigación. Se trataba de un ataque racista.

En las últimas semanas han ardido varios edificios habilitados para acoger refugiados a lo largo del país. El criminólogo de la Universidad de Estocolmo, Felipe Estrada, cree necesario tener en cuenta estos ataques para entender lo ocurrido en Trollhättan. Además, añade, las características sociales y étnicas de Kronogården explicarían porqué el asesino, que vivía en otro vecindario, fue hasta allí.

“Este barrio es el ejemplo del fracaso de la integración en Suecia”, dice la madre de Guillermo, Charlotta Mellgren. La mayoría de los alumnos de la escuela, cuenta, son de origen extranjero. “Por esta razón ese loco escogió este lugar”, dice.

Tras el ataque, Kronogården se convierte en un hervidero de periodistas, policías y gente que viene de otras partes de la ciudad para mostrar sus condolencias. Llegan en bici, dejan una flor en el memorial improvisado frente al edificio y, tras un rato, se van. Algunas familias del barrio, a lo lejos, interrumpen el paseo para observar cómo se repite la escena, una y otra vez.

Una joven de melena rubia espera mientras su acompañante enciende una vela. Se llama Jennie Ryding, vive en otro barrio y reconoce que no viene mucho por aquí. Considera que lo ocurrido es aterrador. “Y lo peor es que estas ideas racistas cada vez están más extendidas”, dice.

Ryding se refiere al auge del partido anti-inmigración y de extrema derecha Demócratas Suecos, actualmente la tercera fuerza en el parlamento. En las elecciones generales de hace un año consiguió cerca del 13% de los votos, pero algunas encuestas sugieren que ahora podría llegar al 20%.

Hasta ahora, Suecia ha sido considerado uno de los países más acogedores de Europa. Y teniendo en cuenta las estadísticas, sin duda lo es. Entre los meses de julio de 2014 y 2015 aceptó cerca de 29.210 refugiados, solo superado por los 75.255 de Alemania, que tiene ocho veces la población del país escandinavo.

Anton Lundin Petterson, el presunto autor del ataqueSin embargo, el ataque a la escuela ha abierto en canal el debate sobre la integración. El mismo jueves, en un gesto inédito, el gobierno de centro-izquierda y la oposición acordaron endurecer las condiciones para que los refugiados se queden en el país.

Tras el ataque, Trollhättan, una ciudad de 50.000 habitantes, se ha convertido en un pueblo. Todo el mundo tiene algún vínculo -o dice conocer alguien que lo tiene- con las víctimas o la escuela.

Sentada en una mesa de la cafetería de la universidad, una estudiante cuenta la historia de cómo conoció al asesino. Su nombre es Nidah Nagi y tiene raíces paquistaníes. Nació y creció en el barrio de Kronogården, pero sus padres decidieron mudarse cuando ella tenía 10 años.

Fueron a vivir a uno de los barrios ricos. En clase, Nagi era la única alumna de origen extranjero. Los primeros meses fueron un mar de lágrimas. “Ni yo quería integrarme ni ellos me aceptaban”, recuerda. Pero a medida que el resto de compañeros la conocieron todo fue a mejor.

Sin embargo, hay alguien que casi nunca le dirigió la palabra. Se trata de la misma persona que años más tarde, concretamente el pasado jueves por la mañana, entró en la escuela donde Nagi pasó su infancia empuñando una espada, vestido de negro y con una mascara que recordaba a la Guerra de las Galaxias.

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Oriol Nierga Llandrich ha colaborado en la elaboración de este artículo

Publicado el 26-10-2015 en el periódico La Vanguardia

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