Tener un techo

Fotografía: Alan Ruiz Terol

Una casa es para muchas familias en la India rural el primer paso hacia una vida más digna

Cada mañana, antes de ir a trabajar, Padma dibuja un rangoli delante de su casa con polvo de roca caliza. Vive junto a su marido y sus dos hijas en Kambadur, una pequeña aldea situada en la falda de una colina que sobresale entre el yermo paisaje del distrito sureño de Anantapur. A cualquiera que se pasee por un pueblo de la región, la rutina de Padma no le sorprenderá: en la cultura hindú, las familias utilizan los rangolis para adornar la entrada de su hogar como señal de bienvenida. Son simétricos y sus formas suelen imitar motivos florales. Hay miles de ellos. Pero hasta hace un tiempo ella había llevado una vida nómada, dormía en tiendas hechas de tela y nunca había vivido en un mismo sitio más de dos semanas seguidas. En el techo de su nueva casa todavía cuelgan las serpentinas del día de la inauguración. Fue entonces cuando pintó un rangoli por primera vez.

Padma forma parte de los Jogulu, una de las comunidades tribales que habitan el sur del estado indio de Andhra Pradesh. Tradicionalmente su ocupación consistía en viajar de pueblo en pueblo ataviados con coloridos vestidos y recitar las hazañas del legendario guerrero Arjuna. En la India hay aproximadamente 80 millones de personas que forman parte de grupos nómadas. Esto representa cerca del 7% de los más de 1.200 millones de habitantes del país. Pero cada vez son más los que, como Padma y su familia, abandonan una tradición secular por un estilo de vida sedentario que les aporta más seguridad en su día a día.

La de Padma es una aldea joven. Terminó de construirse en marzo de 2014 gracias al apoyo de la Fundación Vicente Ferrer (FVF) y hoy cuenta con 35 casas y la instalación necesaria para tener agua potable. Las obras habían empezado en mayo del año anterior. Hace poco menos de una década un grupo de jogulus estableció su campamento cerca de la zona donde hoy se alza la colonia. Reclamaban su derecho a una vivienda digna. Pese a que su tribu es originaria de un pueblo a 15 kilómetros de Kambadur, no contaban con ni siquiera una pizca de tierra de su propiedad. El Gobierno, finalmente, les cedió el terreno.

Para ello fue necesario conseguir un documento oficial de identidad cuyo uso obligatorio ha sido recientemente implantado, el Aadhar, del que muchos carecían. Ramanna es el marido de Padma. Cree tener 26 años, pero no está seguro. Según consta en su tarjeta nació el uno de enero de 1984, por lo que en el momento de la entrevista tenía oficialmente 30. Este es un ejemplo del vacío legal en el que se mueven comunidades como los Jogulu. El Aadhar es el primer paso para dejar de ser invisibles ante el Estado.

Cuando le preguntan a Padma qué es lo mejor de tener por fin una casa mira hacia arriba: “El techo”, responde. En la India, según el último censo del Gobierno, el 15% de las familias todavía vive en casas cuyo techo es de barro, hojas u otros materiales rudimentarios. Padma todavía recuerda las malas noches que pasaba cada vez que llovía. Ahora, que llueva es bueno. Ella y su marido trabajan en el campo. Las lluvias traen más trabajo y mejores cosechas.

Fotografía: Alan Ruiz Terol

Aunque no solo importa protegerse del agua cuando llueve. También es fundamental tener acceso a ella siempre que sea preciso. En la construcción de cualquier nueva aldea, la FVF contempla siempre la habilitación de la infraestructura necesaria para poder disponer de agua potable, a menudo trabajando de la mano del Gobierno. Incluso antes de que todas las obras estén terminadas, las familias se benefician de ella.

En la aldea de Vadra Hatty, en la región de Madakasira, las casas todavía no están acabadas, pero ya hay dos cosas que hace meses que funcionan: la escuela y el pozo. Las familias beben de él cada día mientras trabajan en la construcción de sus futuros hogares. Antes las mujeres debían caminar varios kilómetros para encontrar agua potable y volver cargadas con las tinajas. Venkata, una madre veinteañera del pueblo, habla de los obstáculos que debía afrontar cada día: “Los agricultores de la zona tienen pozos, pero se han gastado mucho dinero para perforarlos y no quieren compartir el agua; cuando nosotros nos acercábamos demasiado nos tiraban piedras porque no querían que los utilizáramos”. En las zonas rurales del país, según el Gobierno, una de cada cuatro familias debe andar como mínimo medio kilómetro para tener acceso al agua y solo una de cada tres lo hace desde su casa.

Muy pronto Suneetha tampoco tendrá que avanzar en medio de la noche para hacer sus necesidades en el campo. Todas las viviendas tendrán una letrina instalada justo al lado del edificio principal. Aunque serán una excepción porque en las zonas rurales la mayoría de casas no cuentan con baños. El tener una letrina cerca no es solo una cuestión de comodidad, sino también de higiene (por todas las enfermedades derivadas de la defecación al aire libre) y  seguridad: es frecuente que se registren agresiones sexuales a mujeres que se ven obligadas a salir por la noche a  hacer sus necesidades.

Suneetha es vecina de Venkata y su casa tampoco está terminada, pero ella ya hace semanas que se ha trasladado a su nuevo hogar. Duerme en un catre con su marido y su hija de dos años descansa envuelta en un pañuelo que cuelga del tejado. Los materiales de construcción, amontonados en la habitación, dejan poco espacio libre, pero ahí la familia tiene intimidad. Antes vivían con el hermano de Suneetha y la familia de este. También hay quien se reúne en los habitáculos a medio construir para comer. No hace falta que una aldea esté terminada para que cobre vida.

Fotografía: Alan Ruiz Terol

Cuando una comunidad decide pedir ayuda a la Fundación para poder tener acceso a una vivienda digna, deben ser los propios miembros quienes elijan a las personas que viven en peores condiciones y, por lo tanto, necesitan más urgentemente una nueva casa. Por cada cuatro o cinco familias beneficiarias se constituye un grupo y este elige a un representante que participará en el órgano que tomará las decisiones durante todo el proceso: el comité de construcción que se encarga de pedir el material y aprobar los pagos a los albañiles. Para formar parte solo hay una condición: respetar la cuota de sexos. El comité debe tener el mismo número de mujeres y de hombres.

Para que la Fundación comience a colaborar con la comunidad, sus miembros tienen que aceptar dos condiciones. En primer lugar, trabajar junto a los albañiles para construir su futura casa; y, en segundo lugar, que la mujer sea la propietaria, una herramienta para promover su empoderamiento económico. En la aldea de Hanimireddy Pally, Ganganna trabaja duro en la construcción de su nueva casa codo a codo con su mujer, Sakamma. Se esfuerza pese a saber que será el nombre de su esposa, y no el suyo, el que figure en las escrituras de su propio hogar. Él le resta importancia: “Estamos juntos, y lo mío es suyo y lo suyo es mío”.

Y mientras ya hay personas para quienes tener una vivienda digna es una realidad, otras siguen esperando. Al lado de Kambadur hay un pequeño campamento con cinco tiendas donde residen una decena de jogulus. Son todos de la misma familia. La mayor es Gangamma, la abuela. Dice tener 60 años, menos de los que aparenta debido al sol y la dureza de la vida nómada. Cuando se enteraron de que la Fundación estaba ayudando a los Jogulu a construir sus propias casas decidieron desplazarse hasta la zona. Pero era demasiado tarde. Cuando llegaron, los cimientos ya estaban puestos. No tienen el Aadhar. La solicitaron pero todavía no les ha llegado. Confían en que, algún día, como Padma y el resto de la comunidad, puedan vivir en una casa de cemento con un techo firme que los proteja de las lluvias. Mientras tanto, han dejado atrás la vida nómada para llevar a los niños al colegio y aprovechar las infraestructuras de la nueva colonia. Y porque la abuela Gangamma es ya mayor.

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Reportaje realizado como voluntario en el Departamento de Comunicación de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur, la India

Publicado en el número 15 de la revista Anantapur de la Fundación

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